La Fundación Gabo ha puesto en libre descarga Testigo de cargo: el periodismo de Sergio Ramírez, un volumen gratuito que reúne crónicas, columnas, discursos, talleres y entrevistas del escritor nicaragüense, asentado en España y con nacionalidad española (también colombiana y ecuatoriana), con motivo del Premio Ortega y Gasset de Periodismo que recibió el 4 de mayo en Barcelona, en una edición extraordinaria por el 50º aniversario de El País.
El libro presenta a Ramírez no solo como novelista, Premio Cervantes e intelectual público, sino como periodista de largo recorrido, autor de columnas semanales, reportajes y reflexiones sobre el oficio, y organiza su trayectoria alrededor de una figura: la del testigo de cargo, quien comparece, declara, nombra y asume las consecuencias de haber visto.
El volumen deja varias enseñanzas periodísticas que, leídas desde la situación actual del oficio, funcionan como una defensa de la escritura, de la verificación y de la independencia frente al poder.
La primera es que el periodismo no puede reducirse a la transmisión de datos ni a la velocidad de publicación. Ramírez sostiene que el periodista verdadero nace de la necesidad de contar aquello que considera singular o extraordinario, pero esa vocación solo se completa con práctica, calle, sala de redacción, riesgo y oficio.
El aprendizaje no sería, por tanto, una abstracción académica, sino una disciplina que se forma en los rigores de la cobertura, en el contacto con el drama humano y en la capacidad de detectar qué historia merece ser contada.
La segunda enseñanza es que el periodismo puede aprender de la literatura sin confundir sus límites. Ramírez defiende que el cronista puede usar recursos narrativos propios del novelista, como el detalle revelador, el personaje, la estructura, el suspense o el manejo del ritmo, pero siempre sin faltar a la verdad.
Esa frontera es la que separa ambos oficios: el escritor de ficción puede alterar los hechos para construir una verdad literaria; el periodista, no. El libro insiste en que la verdad no necesita exageraciones porque, muchas veces, los hechos ya son suficientemente graves, extraños o desmesurados por sí mismos. En esa idea aparece una advertencia directa contra el efectismo: el cronista puede escribir con recursos literarios, pero no puede jugar con la realidad.
Otra lección central tiene que ver con la mirada. Para Ramírez, el primer triunfo de quien escribe consiste en identificar la historia que va a contar, saber verla entre muchas y encontrar en ella una vía de entrada para el lector. Ese olfato periodístico no se limita a escoger un asunto llamativo, sino a reconocer dónde se concentra una tensión humana, social o política.
Por eso el libro recoge piezas que van desde Haití hasta Nicaragua, desde el retrato cultural de García Márquez hasta el análisis del autoritarismo, y desde la crónica autobiográfica hasta textos construidos a partir de investigación documental. En todos los casos, la enseñanza es la misma: el periodismo que permanece no es el que solo informa de un hecho, sino el que logra convertirlo en una experiencia comprensible para el lector.
Ramírez también deja una idea exigente sobre el lenguaje. Su defensa de la palabra no es ornamental. El libro plantea que la calidad del lenguaje, su precisión y su textura ética son parte de la responsabilidad periodística. Escribir bien no aparece como un lujo literario, sino como una forma de respeto hacia los hechos y hacia el lector. De ahí se desprende otra enseñanza práctica: escribir es suprimir. La economía expresiva, la eliminación de lo superfluo y la vigilancia sobre cada palabra forman parte del mismo deber profesional que obliga a verificar un dato o contrastar una fuente.
El volumen sitúa además la ética en el centro del oficio. Ramírez vincula el periodismo con la libertad de información, la crítica al poder y la negativa a la autocensura. Su idea de la ética periodística no se limita a un catálogo de normas internas, sino que empieza por no callarse, por ir al fondo de las cosas y por buscar aquello que el poder quiere mantener oculto. Esa lectura conecta con su propia biografía: fue vicepresidente de Nicaragua, rompió con Daniel Ortega, fue acusado de traición a la patria, se exilió en Madrid y, a los 83 años, continúa escribiendo su columna semanal. El libro presenta esa continuidad como parte de una misma relación con el oficio: ver, contar y asumir las consecuencias.
La figura del testigo de cargo resume esa concepción. El periodista, en la mirada de Ramírez, no es un observador decorativo ni un mero intermediario técnico entre un hecho y una audiencia. Es alguien que registra, expone e ilumina lo que ocurre en sociedades atravesadas por la violencia, la corrupción, el miedo, el autoritarismo o las deficiencias del estado de derecho. Esa posición no equivale a sustituir los hechos por opiniones, sino a entender que la búsqueda de la verdad tiene consecuencias públicas y que la independencia no se ejerce solo frente al poder político, sino también frente al poder económico, criminal o simbólico.
La enseñanza final del libro apunta al futuro del periodismo. Ramírez admite que pueden cambiar los soportes, los hábitos de lectura y la forma en que las noticias llegan al público, pero no la necesidad de palabras capaces de explicar lo que sucede. Su defensa del periodismo no se basa en la nostalgia del papel, sino en la utilidad de las crónicas de fondo, los reportajes de investigación, el análisis, la escritura precisa y la mirada propia. El lector puede enterarse antes de una noticia a través de una pantalla, pero necesita periodismo para comprenderla. Esa diferencia, para Ramírez, sigue siendo el territorio donde el oficio conserva su sentido.



