El aumento de personas que evitan activamente las noticias se está consolidando como uno de los grandes desafíos para los medios de comunicación y para la participación democrática, según advierte la profesora asociada de Comunicación de la IE University Ruth Palmer en el análisis News Avoidance and the Crisis of Political Engagement, publicado por IE Insights.
La investigadora sostiene que el fenómeno ya no afecta únicamente al negocio periodístico, sino también a la relación de amplios sectores sociales con la política, la vida pública y los procesos democráticos.
Palmer recuerda que distintos estudios han demostrado la relación entre el consumo de noticias y la participación política, pero señala que, pese a vivir en una época de acceso permanente a la información, el interés por las noticias ha descendido de forma notable y cada vez más personas las consumen menos o las evitan deliberadamente. Según explica, esta evasión prolongada y sistemática de la información periodística aparece con mayor frecuencia entre grupos menos privilegiados o más marginados socialmente, especialmente entre jóvenes, mujeres, personas con menos recursos económicos y ciudadanos poco interesados en la política.
La investigadora vincula este comportamiento con varios factores estructurales. Uno de los más importantes es la percepción de que las noticias son excesivamente negativas. Palmer señala que la cobertura continua de crisis, conflictos, escándalos y problemas genera cansancio y saturación informativa, agravados además por la exposición constante a contenidos a través de móviles y plataformas digitales. A ello se suma la desconfianza hacia los medios y la sensación de no saber qué fuentes resultan realmente fiables.
El análisis también destaca que parte de la audiencia considera que el lenguaje periodístico resulta difícil de entender, especialmente cuando aborda cuestiones políticas o económicas mediante tecnicismos o referencias complejas. Palmer añade que muchas personas sienten además que las noticias no afectan directamente a su vida cotidiana y que gran parte de la agenda pública se percibe como discusiones lejanas entre actores políticos desconectados de sus problemas reales.
La autora sitúa además este fenómeno en un escenario de creciente polarización política y emocional. Según explica, ya no se trata únicamente de discrepancias ideológicas, sino de una polarización afectiva en la que parte de la ciudadanía percibe al adversario político no solo como alguien equivocado, sino como una amenaza moral. En ese proceso intervienen lo que Palmer denomina las tres “I”: identidades, ideologías e infraestructuras, es decir, quién es cada persona, cómo interpreta políticamente el mundo y a través de qué canales consume información.
Palmer plantea que, en estos momentos, los medios deben reflexionar sobre cómo reconectar con quienes se han alejado del consumo informativo habitual. La investigadora defiende que explicar de manera clara por qué una decisión política, un escándalo institucional o un cambio económico afecta directamente a la vida de las personas no supone “rebajar” el periodismo, sino hacerlo comprensible y socialmente útil. También apunta que muchos ciudadanos ya no acceden directamente a las cabeceras tradicionales y consumen información principalmente a través de redes sociales, plataformas digitales o formatos alternativos, por lo que considera necesario analizar qué elementos explican el éxito de algunos comunicadores y formatos no periodísticos entre determinadas audiencias.



















