La gravedad de una catástrofe no basta para determinar la atención que recibirá fuera del país donde ocurre. El tipo de desastre, el número de víctimas y hasta la relación social y cultural entre el país afectado y aquel desde el que informa el medio influyen considerablemente en sus posibilidades de entrar en la agenda internacional.
Un terremoto provoca, por ejemplo, un aumento de la cobertura internacional más de diez veces superior al de una inundación. Las sequías, en cambio, apenas generan un incremento apreciable de atención. Los desastres repentinos y de gran impacto visual tienen muchas más posibilidades de convertirse en noticia internacional que otros fenómenos potencialmente igual de graves, pero menos espectaculares.
Así lo concluye un estudio publicado en Nature Human Behaviour por Thiemo Fetzer, de las universidades de Warwick y Bonn, y Prashant Garg, del Imperial College London. La investigación analiza más de 135 millones de artículos publicados desde 2016 por 466 fuentes informativas de 123 países y los cruza con información sobre 2.662 desastres naturales.
La amplitud de la muestra permite observar no solo qué acontecimientos generan más información, sino también cómo cambia la atención de los medios extranjeros antes y después de cada desastre. El objetivo de los investigadores era comprobar hasta qué punto la cobertura internacional responde a la magnitud objetiva del acontecimiento o, por el contrario, está condicionada por otros factores relacionados con la naturaleza del suceso y con la relación entre los países implicados.
Los mayores incrementos de cobertura durante los tres días posteriores a una catástrofe corresponden a los terremotos, seguidos por los deslizamientos y avalanchas y las erupciones volcánicas. También los incendios forestales reciben una atención relativamente elevada. Más atrás aparecen tormentas, temperaturas extremas e inundaciones, mientras que las sequías prácticamente no modifican la cantidad de información que un país recibe desde medios extranjeros.
La desigualdad se mantiene incluso cuando los investigadores controlan variables como la gravedad y la duración de cada desastre. En condiciones comparables, los fenómenos hidrometeorológicos —como inundaciones, tormentas, sequías o temperaturas extremas— reciben menos atención internacional que los desastres geofísicos.
El resultado apunta a que los criterios de selección informativa favorecen especialmente los acontecimientos súbitos, concentrados en el tiempo y capaces de producir imágenes inmediatas y fácilmente reconocibles. Un terremoto o una erupción ofrecen escenas de destrucción que pueden incorporarse rápidamente a una cobertura internacional, mientras que una sequía puede extenderse durante meses, afectar a grandes poblaciones y causar daños profundos sin producir un momento concreto que concentre la atención.
El número de fallecidos sí aumenta las probabilidades de conseguir cobertura. Los acontecimientos con más de cien víctimas generan un incremento claramente superior al de aquellos con menos de diez fallecidos. Pero tampoco esta relación es automática: una cifra elevada de víctimas no garantiza por sí sola una presencia equivalente en los medios internacionales.
Los investigadores encuentran otro elemento relevante: la relación entre el país donde ocurre el desastre y aquel desde el que informa el medio. Una tragedia grave tiende a recibir más cobertura cuando existen conexiones sociales, culturales o históricas estrechas entre ambas sociedades.
La proximidad informativa, por tanto, no se limita a la distancia física. Los autores observan que los vínculos sociales y la proximidad histórica o ancestral intensifican la respuesta de los medios ante un desastre con un elevado número de víctimas. Una catástrofe puede generar una atención muy diferente dependiendo de qué país la observa y de las relaciones existentes con el territorio afectado.
El estudio identifica así una doble desigualdad en la circulación internacional de las noticias sobre desastres. Por una parte, algunos tipos de catástrofes tienen una capacidad mucho mayor para atraer cobertura. Por otra, esa visibilidad depende también de la posición del país afectado dentro de las redes sociales, culturales e históricas que conectan unas sociedades con otras.
El hallazgo adquiere especial relevancia en el contexto del cambio climático. Muchos de los fenómenos asociados a sus efectos —inundaciones, sequías, tormentas o temperaturas extremas— pertenecen precisamente a las categorías que reciben menor atención internacional. Son además acontecimientos que con frecuencia se desarrollan de forma progresiva, lo que dificulta su adaptación a los ritmos habituales de la actualidad periodística.
Esto puede provocar que riesgos de gran impacto humano y económico tengan menos presencia pública que otros acontecimientos más repentinos, aunque sus consecuencias acumuladas sean igualmente importantes o superiores.
Los autores no sostienen que las imágenes sean por sí solas la causa de estas diferencias ni analizan las decisiones concretas adoptadas dentro de cada redacción. Tampoco el estudio permite atribuir el resultado a una única lógica editorial. Lo que sí identifica, sobre una muestra internacional excepcionalmente amplia, es un patrón persistente: la importancia objetiva de una catástrofe y su importancia periodística internacional no siempre avanzan en paralelo.
Para los medios, la investigación plantea una cuestión directamente relacionada con sus criterios de selección y jerarquización. Si determinados acontecimientos reciben sistemáticamente menos atención por ser más lentos, menos visuales o producirse en países con menores vínculos con la audiencia, una parte relevante de la realidad internacional puede quedar infrarrepresentada.
La consecuencia trasciende la propia cobertura de desastres. La visibilidad informativa contribuye también a determinar qué amenazas perciben las sociedades como urgentes, qué crisis entran en el debate público y cuáles permanecen durante más tiempo fuera del foco. La investigación muestra, en definitiva, que la agenda internacional no refleja únicamente dónde ocurren las tragedias más graves, sino también cuáles encajan mejor en los mecanismos habituales de atención de los medios.



