La desinformación y la manipulación durante los procesos electorales se han consolidado como un fenómeno global, con estrategias, objetivos y narrativas que se repiten en países muy distintos cuando se inicia una campaña. Esta es una de las principales conclusiones de un estudio elaborado por los investigadores de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra Ramón Salaverría, Jordi Rodríguez-Virgili y Aurken Sierra, que analiza episodios recientes de desinformación electoral en siete países y examina tanto los procedimientos más habituales como sus consecuencias políticas a corto y largo plazo. El trabajo se publica como uno de los capítulos del libro Disinformation. A Multi-Disciplinary Analysis.
La investigación revisa casos documentados en países como Eslovaquia, España, Estados Unidos, Brasil, México, Colombia y Taiwán, y muestra cómo determinadas tácticas de manipulación reaparecen de forma sistemática en contextos electorales muy diferentes. “Durante las elecciones, a veces aparecen actores malintencionados que buscan influir en los votantes con técnicas de manipulación y mediante la difusión planificada de falsedades. Para contrarrestar esa amenaza, necesitamos conocer cuáles son las tácticas más comunes y cómo funcionan”, explica Ramón Salaverría. Según el estudio, los objetivos más frecuentes de estas estrategias son la desmovilización del electorado o, en otros casos, la hipermovilización de determinados sectores, el fomento de la división y la polarización social, y la erosión de la confianza en las instituciones democráticas mediante el descrédito de partidos o candidatos concretos.
Narrativas dominantes y consecuencias para la democracia
Entre los métodos más recurrentes, los investigadores destacan la falsificación de información mediante la creación y difusión de contenidos falsos, como declaraciones manipuladas, imágenes alteradas, vídeos y audios modificados. El estudio documenta el uso creciente de deepfakes generados con inteligencia artificial, como en las elecciones de Taiwán de 2024, donde circuló un vídeo manipulado que atribuía al candidato William Lai una vida personal inexistente, o en Estados Unidos, donde una llamada robótica con una voz sintetizada que imitaba a Joe Biden buscó desalentar la participación en las primarias.
Respecto a las narrativas empleadas, el análisis identifica cuatro grandes bloques. El primero corresponde a las acusaciones de fraude electoral, con denuncias sobre manipulación de software, papeletas falsificadas o voto de personas fallecidas, presentes en procesos como las elecciones estadounidenses de 2020 o las brasileñas de 2022. El segundo se centra en ataques directos a candidatos y partidos mediante falsificaciones o relatos inventados, como el caso conocido como “Pizzagate” durante las elecciones estadounidenses de 2016. El tercero se basa en la difusión de encuestas preelectorales falsas para crear percepciones favorables a determinadas candidaturas, y el cuarto en la manipulación de la agenda temática, especialmente en asuntos sensibles como inmigración, inseguridad o impuestos. “Los eventos de enero de 2021 en el Capitolio estadounidense y los de 2022 en Brasil demostraron cómo la desinformación puede polarizar la sociedad, erosionar la confianza en las instituciones democráticas y desestabilizar el sistema político en su conjunto”, señala Jordi Rodríguez-Virgili.
El estudio subraya que las consecuencias de la desinformación electoral afectan tanto a la confianza ciudadana en los procesos electorales como al funcionamiento del sistema democrático y a las respuestas adoptadas por los Estados frente a su propagación. Según Aurken Sierra, el análisis de casos recientes confirma que se trata de un problema con una dimensión global, en el que tácticas similares se repiten en distintos países, ahora amplificadas por nuevas herramientas tecnológicas.



