jueves 23 de abril de 2026
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La confianza no se negocia

Durante demasiado tiempo hemos hablado de la confianza como si fuera un activo externo, algo que los ciudadanos nos deben y que, por razones difíciles de precisar, han dejado de entregarnos. Como si la confianza fuera un malentendido que se arregla con más comunicación, más presencia en redes o un rediseño de la portada. No lo es. La confianza no es un favor que se pide ni un crédito que se renueva automáticamente. Es una concesión frágil que se pierde cuando el periodismo deja de comportarse como una institución y empieza a actuar como un producto ansioso.

En 2026, el problema de los periódicos no es que la gente desconfíe. El problema es que ya no espera demasiado de nosotros. Y cuando la expectativa se desploma, la confianza deja de ser una conversación relevante.

Durante años aceptamos una degradación silenciosa del oficio. La justificamos en nombre de la supervivencia, de la adaptación, del cambio de hábitos. Cedimos terreno editorial para ganar alcance. Simplificamos relatos para no quedarnos fuera de la conversación. Aceleramos procesos que necesitaban pausa. No fue una conspiración ni una traición consciente; fue una suma de renuncias pequeñas, razonables, casi siempre bien intencionadas. Pero las renuncias, cuando se acumulan, construyen una identidad distinta. Y el lector lo percibe antes de que el sector quiera admitirlo.

Los ciudadanos no se han vuelto súbitamente irracionales ni hostiles al periodismo. Lo que han hecho es ajustar su nivel de confianza a lo que reciben. Cuando un periódico promete explicar el mundo y acaba replicando el ruido que ya circula por todas partes, la confianza no se rompe de golpe: se desgasta. Cuando la jerarquía informativa parece dictada más por la reacción inmediata que por el interés público, la autoridad se diluye. Cuando el medio parece más pendiente de no perder relevancia que de merecerla, algo se quiebra.

Hay una verdad incómoda que los informes señalan con claridad, aunque no siempre nos guste subrayarla: la desinformación no explica por sí sola la crisis de confianza. Explica el entorno, no el fondo. El fondo tiene que ver con cómo el periodismo ha gestionado su poder simbólico. Porque informar no es solo contar hechos; es decidir qué hechos importan y cómo se relacionan entre sí. Cuando ese poder se ejerce sin coherencia, sin tiempo o sin responsabilidad visible, deja de ser legítimo.

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La confianza no desaparece porque existan errores. Desaparece cuando los errores parecen estructurales, cuando no hay rendición de cuentas clara, cuando las correcciones se perciben como un trámite y no como un acto de respeto. Desaparece cuando el lector siente que el medio se defiende a sí mismo antes de defender la verdad que dice servir.

En este contexto, insistir en que “hay que recuperar la confianza” resulta casi ingenuo. La confianza no se recupera como quien vuelve a captar una suscripción perdida. Se reconstruye desde una posición distinta, más modesta y más exigente a la vez. Exige aceptar que el periodismo ya no ocupa el centro automático de la conversación pública y que, probablemente, no lo volverá a ocupar de la misma manera. Pero también exige decidir qué lugar quiere ocupar ahora: si el de un actor más del mercado de contenidos o el de una referencia incómoda, exigente, verificable.

La tecnología ha acelerado esta disyuntiva. La inteligencia artificial ha multiplicado la producción de textos, ha erosionado la noción de autor y ha banalizado la idea de originalidad. En este escenario, la confianza ya no se deposita en la abundancia, sino en la responsabilidad. En saber quién responde por lo que se publica. En percibir que hay criterio humano, límites editoriales y decisiones conscientes.

Los periódicos que utilicen la tecnología para esconder la falta de tiempo, de inversión o de criterio agravarán el problema. Los que la utilicen para recuperar profundidad, para reforzar la verificación y para explicar mejor su trabajo tendrán una oportunidad. No es una cuestión técnica; es una cuestión ética.

Otro error recurrente ha sido confundir cercanía con complacencia. Escuchar a la audiencia no significa seguir cada oscilación emocional ni convertir el enfado en brújula editorial. La confianza no nace de la identificación inmediata, sino del respeto. Y el respeto implica decir cosas que no siempre agradan, sostener temas que no generan entusiasmo y explicar realidades complejas sin reducirlas a consignas. El periodismo que renuncia a incomodar para no perder atención pierde algo más valioso: su razón de ser.

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También hemos hablado poco de coherencia. La confianza no se pierde solo por lo que se publica, sino por lo que se tolera internamente. Por la distancia entre el discurso público y las prácticas reales. Por exigir transparencia a otros mientras se ocultan conflictos propios. Por reclamar rigor mientras se normalizan atajos. Los ciudadanos detectan esas grietas con una precisión mayor de la que solemos concederles.

En 2026, la pregunta no es si los periódicos pueden volver a ser confiables. La pregunta es si están dispuestos a pagar el precio de serlo. Porque ser confiable implica renunciar a ciertas ventajas: a la velocidad sin contraste, al titular fácil, a la omnipresencia vacía. Implica invertir donde no siempre se ve el retorno inmediato. Implica proteger a las redacciones del desgaste constante, no como gesto social, sino como condición editorial.

La confianza no se gana con campañas, ni con manifiestos, ni con discursos bienintencionados sobre el valor del periodismo. Se gana cuando el lector percibe que un medio tiene límites claros, criterios reconocibles y una relación honesta con el poder, incluido el propio. Cuando entiende que ese periódico no está diseñado para agradar, sino para servir.

Quizá el mayor error de estos años ha sido pensar que la confianza era un problema de percepción. No lo es. Es un problema de conducta sostenida. De decisiones repetidas. De prioridades visibles. En ese sentido, la confianza no está en crisis: está evaluándonos.

Y esa evaluación no se resuelve en un año ni en un informe. Se resuelve en cada portada, en cada silencio, en cada corrección, en cada tema que decidimos cubrir aunque no sea rentable. El periodismo no ha perdido la confianza de los ciudadanos por falta de discurso. La ha puesto en riesgo cada vez que ha olvidado que su legitimidad no viene del alcance, sino del compromiso con una verdad incómoda, incompleta y siempre revisable.

La confianza no se negocia. Se merece. Y, a estas alturas, merecerla vuelve a ser una tarea exigente. Como debería haberlo sido siempre.

 

  • Lluís Cucarella es director editorial del Laboratorio de Periodismo y CEO de la consultora Next Idea Media.

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