Adrián Pino también es coordinador de Datos Concepción y ha entrenado a cientos de periodistas de América Latina en periodismo de datos y en desinformación

La caracterización que mejor describe la desinformación es la que hizo el grupo de expertos de la Unión Europea. Esa definición dice que es la “información falsa, producida intencionalmente para causar daño o con fin de lucro”. Así lo cree Adrián Pino. Para este periodista e investigador argentino en la Universidad de Concepción del Uruguay, “el término desinformación deja claro que no solo se está hablando de información errónea, sino de información intencionalmente falsa”.

Pino le ha dedicado años a estudiar el funcionamiento de las noticias falsas o engañosas y a relevar el comportamiento de los usuarios ante este tipo de contenidos. Pero su compromiso no terminó ahí: está al frente del Proyecto Desconfío, una iniciativa que busca idear soluciones y herramientas que contribuyan a frenar el avance de las noticias falsas y que tiene entre sus principales acciones entrenar periodistas en el uso de herramientas digitales y estrategias contra la desinformación.

“Este tipo de contenidos afecta la conversación pública, limita el acceso de los ciudadanos a información confiable y debilita a las democracias”, dice Pino y agrega que la facilidad con la que hoy pueden crearse estos contenidos en Internet y la velocidad en la transmisión de esos mensajes ha hecho que la desinformación se transforme en un verdadero problema: imágenes manipuladas, memes con datos erróneos y cadenas de WhatsApp con mensajes fraudulentos. 

En ese contexto, Pino y el equipo de Proyecto Desconfío organizarán (junto con la Sociedad Interamericana de Prensa y la Fundación para el Periodismo) una Cumbre Global sobre Desinformación, un encuentro virtual gratuito de dos días del que participarán periodistas, investigadores, académicos, estudiantes universitarios, especialistas en desinformación y funcionarios de distintos países.

 

(P) ¿Qué alarmas o indicios los llevó a organizar esta cumbre global con foco en América Latina?

(R) Ideamos este evento porque entendemos que la desinformación se ha transformado en una problemática que desestabiliza sociedades, empresas, organizaciones, gobiernos y comunidades.

Esta Cumbre está pensada para transformarse en un espacio de encuentro, de comunión de esfuerzos, para compartir conocimientos, construir alianzas y redes de trabajo entre los diferentes actores dedicados a combatir la desinformación. Las alarmas que surgieron con información falsa durante la pandemia mostraron que es necesario aunar esfuerzos con eventos de este alcance. 


(P) ¿Creés que hay una necesidad de abrir y fomentar el debate entre periodistas y editores sobre cómo abordar la desinformación para garantizarles a los lectores información de calidad, confiable y chequeada?

(R) El ecosistema mediático se transformó desde la llegada de las tecnologías digitales. Esto nos lleva a analizar la forma en que las personas acceden y comparten información en la era digital. Datos falsos, por ejemplo, relacionados al COVID-19, se transmiten rápidamente por el mundo digital y está previsto que la cantidad de información falsa se incremente año a año. Eso requiere revisar el fenómeno e incrementar las acciones para tratar de combatirlo.

Es importante abrir y fomentar este debate enfocado en América Latina y capacitarse sobre cómo abordar la desinformación desde los medios. En Proyecto Desconfío estamos convencidos de la necesidad de entrenar a periodistas en el combate contra la desinformación. Y, al mismo tiempo, buscamos promover instancias de alfabetización mediática en alianza con los sectores educativos para fortalecer las habilidades digitales y de detección temprana de desinformación en los usuarios finales. Es esperable que estos temas sean parte de los contenidos aprendidos en las escuelas desde edades tempranas. 

(P) ¿Cuál es el estado actual de la desinformación en América Latina? ¿Qué países están más expuestos a esta problemática? 

(R) La desinformación está presente en distintos países de la región, y esto se registró en los últimos años en los procesos electorales y en la pandemia por coronavirus. Por ejemplo, en Brasil, en las últimas elecciones presidenciales los mensajes falsos circularon con fuerza a través de plataformas como WhatsApp.

Toda América Latina está atravesada por campañas de desinformación. Nuestra participación en la alianza regional Latam Chequea nos ha permitido identificar piezas falsas que se repiten de un país a otro, así como agentes específicos dedicados a desinformar. Entre los casos más relevantes puede citarse el grupo autodenominado “Médicos por la Verdad” o un grupo de youtubers de México que ha propagado piezas de desinformación de forma recurrente. 

 

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(P) ¿Cuáles son los canales por los que circula más desinformación en Latinoamérica? ¿Por qué?

(R) Según datos aportados por el estudio La difusión de las noticias online verdaderas y falsas, del MIT Initiative on the Digital Economy, en Twitter las noticias falsas sobre política se comparten más, alcanzan a más de 20.000 personas. Casi tres veces más rápido de lo que tarda el resto de noticias falsas en llegar a 10.000 individuos. Las noticias ciertas tardan seis veces más tiempo en alcanzar a 1.500 personas. Mientras que las historias de noticias falsas tienen un 70% más de probabilidades de ser retuiteadas que las historias reales. Y un dato por demás desalentador es que los responsables de esta diseminación son personas y no bots.

De todos modos, este es un proceso dinámico que adopta particularidades diferentes de un país a otro. En Brasil, por ejemplo, WhatsApp es un vehículo de desinformación más frecuente que en otros países. En Bolivia, en cambio, Facebook es el lugar de más impacto para distribuir piezas de desinformación. 


(P) ¿Cuál es la población más vulnerable a compartir o viralizar estos contenidos que desinforman?

(R) Comprender cabalmente las razones por las cuales los usuarios comparten contenidos falsos es algo que todos los investigadores aún estamos estudiando. Las primeras señales muestran, por un lado, que el sesgo cognitivo con el que las personas filtran la información de su interés explica en gran parte algunas de estas conductas: si la información coincide con su punto de vista, tienden a compartirla.

Pero no es un dato concluyente. Los grupos más vulnerables a la desinformación han mostrado ser los mayores de 65 años. Así lo confirma una investigación de la Universidad de Princeton y la Universidad de Nueva York, y un estudio realizado en España.

De todos modos, una reciente indagación que hicimos desde Proyecto Desconfío entre usuarios de WhatsApp mayores de 60 años de Argentina muestra que la mayoría de ellos implementa algún mecanismo de verificación de la información que recibe antes de compartirla. Es un campo muy interesante para expandir los alcances de este tipo de investigación en América Latina. 

 

(P) ¿Cómo puede afectar la desinformación a los medios de comunicación, por un lado, y al derecho a informarse de las personas, por otro?

(R) El reporte 2021 del Instituto Reuters muestra que la incertidumbre que ha generado el coronavirus ha consolidado una tendencia importante: “el valor de la información rigurosa y fiable cuando hay vidas en juego. En varios países vemos a las audiencias volcándose hacia las marcas confiables y atribuyendo mayor confianza a los medios en general”.

Esta situación también muestra resultados que agrandan la brecha de confianza entre los medios y las redes sociales, sin perder de vista que para muchas minorías los medios no representan adecuadamente sus intereses. Aun así, en términos generales “la confianza en las noticias se ha incrementado, en promedio, seis puntos porcentuales con la pandemia: el 44% de la muestra total dice que confía en la mayoría de las noticias la mayor parte del tiempo”, señala el Digital News Report. Esto compensa recientes caídas en el promedio de confianza y se recuperan los niveles de 2018.

Finlandia se mantiene como el país con la confianza más alta (65%) y Estados Unidos posee la cifra más baja: 29%. Esto muestra que la calidad de los contenidos que publican los medios de comunicación es vital para mantener su reputación y sostener la credibilidad. La pandemia mostró que ante situaciones extremas que ponen en riesgo la salud, las personas se vuelcan a buscar información en medios de comunicación.

Aun así, hay un trabajo pendiente por parte de los medios en elevar sus estándares de calidad. En Proyecto Desconfío estamos iniciando un camino para construir indicadores de calidad en las noticias que ayuden a los medios a revisar sus propias prácticas. 


(P) ¿Qué rutinas deberían incorporar las redacciones para llevar adelante una estrategia contra la desinformación? 

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(R) Combatir la desinformación no es solo una tarea periodística más, sino parte de una batalla crucial en el espacio público. A la velocidad que se propagan las noticias falsas en la región, más medios de comunicación y periodistas toman debida nota de la necesidad de entrenar sus habilidades específicas para combatir esta otra pandemia que es la desinformación.

Las alianzas y el uso de herramientas digitales para combatir la infodemia se han vuelto un factor clave para los medios de la región que, mientras intentan sobrevivir económicamente, van reconvirtiendo sus equipos profesionales para estar a la altura del desafío.

Desde Proyecto Desconfío entendemos que hay dos caminos que pueden asumir los medios: crear equipos específicos especializados en desinformación que asistan a cada periodista e instrumentar estándares de calidad que les permitan revisar de forma permanente sus propias rutinas.

 

(P) ¿De qué manera los medios pueden colaborar a protegerse contra la desinformación?

(R) En las redacciones hay que capacitarse en estos temas y tener métodos y herramientas digitales que ayuden a acelerar el proceso de verificación. Hay distintas herramientas, pero ninguna es infalible. Hay que combinar un método de verificación y aplicaciones para verificar datos, imágenes o videos. Estas aplicaciones vienen a fortalecer la tarea periodística. Es vital la pregunta del periodista que guía el proceso y por eso apostamos al entrenamiento de periodistas.

Algunas acciones para combatir la desinformación: aprender dónde y cómo buscar información en línea; construir registros o bases de datos con fuentes confiables; rastrear usuarios de redes sociales; combinar herramientas digitales para chequear información y datos, como sitios web, correos electrónicos, ubicaciones geográficas, clima, etcétera; y analizar imágenes y videos con herramientas digitales como Google Images, TinEye, Invid, entre otras medidas.

 

(P) ¿Qué opinás sobre la idea de que a la desinformación se la combate principalmente informando con información certera, pero sin hacer alusión a la desinformación para no amplificar ese mensaje? 

(R) En la batalla contra la desinformación existe un principio que denominamos “silencio estratégico”. Se trata, justamente, de silenciar un contenido viral falso para evitar que siga teniendo visibilidad. De todos modos, es importante que el periodismo pueda referenciar estas piezas falsas que se viralizan para alertar a los lectores de la falsedad de un contenido.

Es una decisión que debe tomarse en cada caso. Saber utilizar algunas herramientas digitales o dar acceso al contenido falso por fuera del link original para no derivar tráfico, clics e ingresos a los agentes desinformantes es algo que enseñamos a los periodistas en las capacitaciones de Proyecto Desconfío. 


(P) ¿Realmente hay más desinformación que antes o es que ahora la podemos medir? 

(R) Desinformación hubo siempre, pero por el ecosistema digital las barreras para publicar y generar contenido hacen que sea más fácil inyectar este tipo de piezas. El MIT ha advertido que para 2022 es probable que convivamos con un contexto informativo en el que haya más desinformación que información veraz.

A eso se agrega que las piezas de desinformación circulan hasta 7 veces más rápido que la información certera. Esto tiene que abrir un debate profundo con las empresas que controlan la distribución de contenidos y el acceso a los datos de los usuarios. 


(P) Con la aparición de cada vez más redes sociales y apps de mensajería instantánea, y mientras exista la brecha digital, ¿considerás que serán más las chances de que la desinformación gane todavía más terreno? 

(R) Esta batalla va a depender, sobre todo, de las posibilidades de alfabetización mediática y digital que alcancen los usuarios. Aun así, la desinformación ha mostrado ser muy potente y tener capacidad para modificar procesos complejos como las elecciones en UK en relación al Brexit, por ejemplo. Y el microtargeting que hoy permiten las redes sociales.

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