En nuestro capítulo Strategic Assets of the Twenty-First Century: AI, Information, and Global Dominance, publicado en el libro AI, Information, and Global Dynamics, editado por Fátima Roumate y publicado por Springer (2026), sostenemos que la inteligencia artificial y la gestión estratégica de la información han reconfigurado las dinámicas de poder global, convirtiéndose en activos determinantes para la influencia económica, política y cultural en el siglo XXI.
En este escenario, las grandes transnacionales tecnológicas, en estrecha vinculación con las superpotencias, han contribuido a la consolidación de un ecosistema en el que la inteligencia artificial opera como una ventaja competitiva estratégica. En este contexto, algunos episodios recientes de tensión geopolítica —incluidos los vinculados a Irán durante la administración Trump— han puesto en evidencia el creciente papel de las tecnologías basadas en IA en la gestión de información estratégica, así como reportes sobre una posible relación entre actores estatales y modelos avanzados como Claude, desarrollado por Anthropic, cuya verificación empírica aún requiere mayor evidencia.
Estas alianzas no son nuevas en su lógica: históricamente, el intercambio desigual entre el Norte y el Sur Global se estructuró en torno a la exportación de materias primas a cambio de productos manufacturados, generando dependencia económica y tecnológica. En la actualidad, esta relación se reconfigura en la concentración de capacidades de cómputo, infraestructuras digitales, acceso a grandes volúmenes de datos y desarrollo algorítmico, lo que profundiza las asimetrías estructurales frente a otros actores globales.
Uno de los principales hallazgos es que la información ha dejado de ser un recurso pasivo para convertirse en un activo dinámico: no basta con acumular datos, sino que resulta clave procesarlos, interpretarlos y traducirlos en decisiones estratégicas. En este marco, la inteligencia artificial opera como el motor que transforma grandes volúmenes de datos en conocimiento accionable.
Esta lógica se hace evidente en contextos recientes de tensión geopolítica —incluidos escenarios vinculados a Irán— donde el uso de modelos avanzados muestra cómo estas tecnologías inciden en la producción de información, la toma de decisiones y la disputa por la hegemonía narrativa a escala global a través de los medios de comunicación social.
A lo largo del estudio, identificamos que las grandes potencias tecnológicas han entendido este cambio con claridad. Empresas y Estados invierten cada vez más en infraestructura digital, algoritmos y capacidades de análisis de datos. Este fenómeno no es casual: quien controla los flujos de información tiene la capacidad de influir en mercados, procesos políticos e incluso en la opinión pública.
Sin embargo, más allá de las grandes potencias, también nos interesó analizar cómo estos procesos impactan en contextos como América Latina como parte del Sur Global. En nuestra reflexión, advertimos que existe una brecha importante en el acceso y desarrollo de tecnologías de inteligencia artificial. Esta brecha no solo es tecnológica, sino también estructural, ya que está vinculada a desigualdades históricas en educación, inversión y desarrollo científico.
En ese sentido, una de nuestras conclusiones más relevantes es la necesidad de pensar la IA desde una perspectiva de soberanía. No basta con adoptar tecnologías desarrolladas en otros contextos; es fundamental generar capacidades propias que respondan a las realidades locales. Esto implica no solo formar talento, sino también desarrollar ecosistemas de innovación que permitan una participación más equitativa en la economía digital global.
Otro aspecto clave que abordamos es el impacto cultural y social de la inteligencia artificial. La IA no es neutral: reproduce, amplifica o transforma los valores y estructuras de las sociedades que la desarrollan. Por ello, consideramos indispensable incorporar enfoques éticos, interculturales y críticos en su diseño e implementación.
Desde nuestra experiencia en el proyecto Illariy vinculado al uso de IA en lenguas originarias, hemos comprobado que la tecnología también puede ser una herramienta de inclusión. Cuando se orienta adecuadamente, la inteligencia artificial permite visibilizar culturas, fortalecer identidades y democratizar el acceso a la información. Este enfoque contrasta con la visión dominante que asocia la tecnología únicamente con eficiencia y productividad.
Destacamos también que la competencia global en torno a la IA no se limita al ámbito económico. También se trata de una disputa por modelos de sociedad predominantes. Diferentes países están utilizando estas tecnologías para consolidar sus propios sistemas de gobernanza, lo que plantea desafíos importantes en términos de regulación, derechos digitales y democracia.
En este contexto, sostenemos que el futuro de la inteligencia artificial dependerá en gran medida de las decisiones que se tomen hoy. La regulación, la inversión en educación y la promoción de la investigación serán factores determinantes para definir quiénes serán los actores relevantes en este nuevo orden global. La inteligencia artificial y la información son activos estratégicos que redefinen el poder en el siglo XXI, siendo clave comprenderlas para construir sociedades más inclusivas.
- Carlos Fernández-García es forma parte de IBERPERIA, la Red Iberoamericana de Investigación en Periodismo e Inteligencia Artificial.



