La inteligencia artificial generativa está modificando algo más profundo que la forma de acceder a las noticias: empieza a intervenir en cómo los ciudadanos las comprenden, las interpretan y deciden qué información necesitan. Por primera vez, preguntar a una IA para profundizar en una noticia se ha convertido en un uso ligeramente más frecuente que recurrir a ella para conocer la actualidad. El cambio, identificado por el Reuters Institute en su informe de 2026 sobre inteligencia artificial y noticias, plantea un problema estratégico para los medios que va más allá de la caída de visitas: el riesgo de perder progresivamente la relación directa con sus audiencias.
El Generative AI and News Report 2026: From Standalone Tools to Information Infrastructure (PDF), publicado el 29 de octubre y elaborado por Felix Simon, Rasmus Kleis Nielsen y Richard Fletcher, recoge los resultados de una investigación realizada por YouGov entre el 14 de agosto y el 28 de septiembre a 18.921 personas de nueve países: Argentina, Australia, Dinamarca, Finlandia, Francia, Japón, Noruega, Reino Unido y Estados Unidos. El trabajo da continuidad a las ediciones de 2024 y 2025 y permite identificar cambios en la incorporación de estas tecnologías a los hábitos informativos. España no forma parte de la muestra.
Uno de los hallazgos más reveladores aparece al analizar qué hacen realmente los ciudadanos cuando recurren a la inteligencia artificial para informarse. Entre quienes utilizan estas herramientas para consultar noticias, el 49% afirma haberlas empleado para formular preguntas adicionales sobre una información, frente al 46% que las utiliza para conocer las últimas noticias. Esta segunda finalidad ha perdido ocho puntos porcentuales respecto a 2025 en los seis países con datos comparables.
Aunque la diferencia entre ambos usos es reducida, señala una evolución que merece atención. La IA deja de funcionar únicamente como una herramienta de búsqueda o una vía alternativa para recibir titulares y empieza a ocupar un lugar en la fase posterior del consumo informativo: aquella en la que el lector necesita comprender mejor un acontecimiento, relacionarlo con otros hechos o resolver dudas.
El valor que tradicionalmente aportaban los medios mediante sus explicaciones, antecedentes, archivos y contenidos de profundización comienza a compartirse con sistemas conversacionales externos. El estudio revela que el 39% de quienes utilizan IA para consultar noticias la emplea para encontrar fuentes informativas, el 38% para resumir noticias, el 35% para comprenderlas mejor y el 28% para evaluar una fuente.
La importancia de estos datos no reside tanto en el volumen actual de usuarios como en la función que empiezan a desempeñar las herramientas. El consumo de noticias mediante IA continúa siendo minoritario: alcanza al 9% de los encuestados en los seis países analizados desde 2024, frente al 3% registrado hace dos años. Sin embargo, la proporción de ciudadanos que utiliza inteligencia artificial para obtener información de cualquier tipo ha pasado del 11% al 38% durante ese mismo periodo.
Los investigadores consideran que la inteligencia artificial está evolucionando desde un conjunto de aplicaciones independientes hacia una infraestructura informativa integrada en las actividades cotidianas. Su papel ya no se limita a localizar información: también interviene en su interpretación y utilización para tomar decisiones.
La comodidad empieza a pesar más que la procedencia de la información
Otro de los resultados del informe permite comprender por qué este cambio puede afectar profundamente a los medios. La principal razón para utilizar inteligencia artificial no es la confianza en que sus respuestas sean mejores que las ofrecidas por otras fuentes.
El 64% de quienes utilizan estos sistemas para obtener información destaca la rapidez y facilidad para conseguir respuestas, mientras que el 56% valora poder interactuar mediante lenguaje natural. Solo el 21% menciona como motivo que la inteligencia artificial proporciona información más fiable que otras alternativas. Los encuestados podían seleccionar varias razones.
Para una parte creciente de los usuarios, la facilidad de obtener una respuesta suficientemente útil pesa más que la expectativa de encontrar información más fiable. Los autores relacionan este comportamiento con la tendencia a conformarse con soluciones adecuadas para una necesidad concreta, aunque no sean necesariamente las mejores disponibles.
Para los medios, esta circunstancia tiene implicaciones directas. Un lector puede recurrir a una fuente periodística para conocer un hecho, pero utilizar posteriormente un asistente para resolver sus dudas, obtener antecedentes o establecer comparaciones. También puede completar todo ese recorrido sin acceder a la web del medio que produjo originalmente la información.
Los investigadores señalan cuatro áreas del negocio editorial que se vuelven más difíciles de gestionar cuando la IA actúa como intermediaria: el descubrimiento de contenidos, la atribución de las fuentes y sus marcas, la obtención de datos sobre las audiencias y la monetización.
La paradoja es que la confianza en las respuestas de estas herramientas está bastante extendida entre quienes las utilizan para consultar noticias, aunque muchos ciudadanos siguen rechazando que los medios produzcan información con ellas. El 72% de quienes recurrieron a la IA para obtener noticias afirma confiar en las respuestas recibidas. En cambio, considerando el conjunto de encuestados de los nueve países, solamente el 12% se siente cómodo con noticias elaboradas íntegramente mediante inteligencia artificial.
No existe necesariamente una contradicción en estos comportamientos. Los ciudadanos pueden considerar útil una herramienta para consultar o comprender información y, al mismo tiempo, exigir que la producción periodística continúe bajo responsabilidad humana. El estudio confirma que las actitudes negativas hacia las noticias generadas por máquinas apenas han cambiado desde 2024, pese al enorme crecimiento de su utilización para otras actividades.
Una transformación que no depende de que los lectores utilicen ChatGPT
La expansión de la inteligencia artificial como intermediaria informativa no depende únicamente de la utilización deliberada de sistemas conversacionales. Su integración en buscadores y otras plataformas está haciendo que millones de usuarios se encuentren con respuestas generadas automáticamente sin haber decidido previamente utilizar una herramienta de IA.
En los nueve países estudiados, el 57% de los encuestados afirma haber encontrado respuestas, resúmenes o asistentes generados mediante IA en buscadores como Google o Bing durante la última semana. Un 25% ha tenido contacto con estas tecnologías en teléfonos móviles, tabletas u ordenadores y un 21% en redes sociales o aplicaciones de mensajería.
Los propios medios también están incorporando estas funcionalidades a sus productos. El 49% de los participantes asegura haber encontrado alguna aplicación de IA en webs o aplicaciones informativas durante la última semana. Las más reconocidas son las etiquetas que identifican contenidos elaborados con esta tecnología, mencionadas por el 24%, y los resúmenes automáticos, identificados por el 20%.
Esta evolución introduce una cuestión adicional para las empresas periodísticas: si la relación conversacional con los lectores va a ganar importancia, también resultará relevante determinar quién controla esa interacción. Un asistente integrado en el producto del medio puede mantener al usuario dentro de su ecosistema editorial, mientras que una herramienta externa puede responder a las mismas necesidades sin establecer una relación directa entre el lector y la cabecera que elaboró la información.
El estudio no determina cuál de estos modelos prevalecerá, pero sí recoge cambios en los hábitos declarados de quienes utilizan la inteligencia artificial para informarse.
Entre estos usuarios, el saldo entre quienes afirman utilizar más y menos los buscadores desde que adoptaron estas herramientas es negativo en 13 puntos porcentuales. En el caso de las webs y aplicaciones de noticias, la diferencia negativa es de tres puntos. La mayoría, sin embargo, declara que su utilización de estos servicios no ha cambiado.
Los autores advierten de que las respuestas no permiten establecer relaciones causales. Sin embargo, recuerdan que los datos de Chartbeat muestran una caída de aproximadamente un tercio en el tráfico procedente de Google hacia más de 2.500 sitios informativos entre noviembre de 2024 y noviembre de 2025. La investigación apunta a dos posibles factores: la sustitución de determinadas búsquedas tradicionales por consultas directas a sistemas de IA y la incorporación de respuestas generadas automáticamente a los propios buscadores, que pueden reducir la necesidad de hacer clic en los resultados.
La investigación también aporta datos relevantes para el negocio de las suscripciones. El 18% de los ciudadanos de los nueve países tiene acceso a versiones de pago de herramientas de IA: un 10% las abona personalmente y un 9% dispone de ellas mediante su empresa o centro educativo, con cierto solapamiento entre ambos grupos. La proporción total coincide con la de quienes tienen acceso a noticias de pago, según el Digital News Report 2026, aunque no significa que ambos servicios compitan necesariamente por el mismo gasto.
Por primera vez, el Reuters Institute también ha preguntado si los usuarios recurren a la inteligencia artificial para intentar acceder a informaciones protegidas mediante una suscripción. El 17% de quienes utilizan IA para consultar noticias reconoce haberla empleado durante la última semana para intentar leer contenidos a los que no podía acceder por estar protegidos por un muro de pago. Los investigadores precisan que no disponen de datos para determinar si consiguieron superar esas restricciones.
Los medios también afrontan un problema de credibilidad en su uso de la IA
La pérdida potencial de intermediación no es el único desafío que identifica el informe para las empresas periodísticas. La investigación también examina cómo perciben los ciudadanos la capacidad de diferentes sectores para utilizar inteligencia artificial y hasta qué punto confían en sus intenciones.
Para analizar esta cuestión, los investigadores han evaluado tres dimensiones de la confianza pública: la competencia para utilizar inteligencia artificial, las buenas o malas intenciones de quienes la emplean y la honestidad que los ciudadanos atribuyen a su utilización. Esta parte de la encuesta se realizó en ocho países, ya que las preguntas no se incluyeron en Noruega.
Los resultados sitúan a los medios en una posición poco favorable. Los ciudadanos consideran que las organizaciones periodísticas apenas superan a las empresas de redes sociales en sus buenas intenciones y honestidad al utilizar inteligencia artificial, y las perciben como considerablemente menos competentes en su aplicación. Esta valoración contrasta con la confianza que despierta el uso de estas tecnologías por parte de científicos y profesionales sanitarios.
La desconfianza también alcanza a los beneficios que la inteligencia artificial puede aportar al producto periodístico. En los nueve países, el 53% considera que permitirá producir noticias a menor coste, frente al 14% que cree que encarecerá su elaboración. Sin embargo, en los seis países con datos comparables desde 2024, el saldo entre quienes esperan que las noticias sean más fiables y quienes creen que serán menos fiables es negativo en 17 puntos porcentuales.
Los autores advierten de que el problema no consiste únicamente en demostrar capacidad técnica. Las empresas periodísticas también necesitan convencer a sus audiencias de que la incorporación de inteligencia artificial responde a objetivos que benefician al público y no exclusivamente al ahorro de costes. Para los investigadores, los medios que consideran que ya utilizan estas tecnologías de manera competente y responsable afrontan un problema de comunicación, mientras que otros pueden necesitar mejorar sus prácticas.
Esta dificultad forma parte de un fenómeno más amplio que el estudio denomina la brecha de honestidad. En las diez categorías de actores analizadas, la proporción de ciudadanos que espera un uso honesto de la inteligencia artificial es inferior a la de quienes atribuyen buenas intenciones a quienes la emplean. En siete de esas diez categorías, la honestidad es, además, la dimensión peor valorada de las tres examinadas.



