martes 7 de abril de 2026
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Identifican las áreas cerebrales que se activan para detectar la desinformación

Un equipo de investigación de la Universidad de Jaén ha identificado, mediante electroencefalograma, las regiones del cerebro que se activan cuando una persona procesa mensajes relacionados con la desinformación. El estudio demuestra que las zonas vinculadas al aprendizaje, la memoria y la toma de decisiones incrementan su actividad al visualizar campañas institucionales sobre información maliciosa, lo que refuerza la capacidad de los usuarios para analizar los mensajes de forma más crítica y reduce la tendencia a compartir contenidos falsos en redes sociales.

Los investigadores comparan este efecto con el de una vacuna. Al exponer a los participantes a una campaña sobre desinformación de la Organización Mundial de la Salud, el cerebro reaccionó como si hubiera recibido una advertencia preventiva. “Se denomina teoría clásica de la inoculación. Se inspira en la lógica de las vacunas: un poco de algo malo te ayuda a resistir un caso completo”, explicó a la Fundación Descubre el investigador Javier Rodríguez Árbol, de la Universidad de Jaén.

La investigación, publicada en la revista Behavioural Brain Research bajo el título Exploring the neurophysiological basis of misinformation: A behavioral and neural complexity analysis, documentó las variaciones de la actividad cerebral a través de encefalogramas. Tras la exposición a la campaña, se detectó un aumento de la complejidad eléctrica en las regiones temporal —relacionada con el aprendizaje y la memoria— y frontal —vinculada a la toma de decisiones y el control de impulsos—. Estos cambios indican una mayor atención consciente y un procesamiento más crítico de la información.

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El experimento se desarrolló en dos fases. Primero, los participantes evaluaron tuits legítimos y manipulados, indicando su disposición a compartirlos o verificarlos. Luego, tras visualizar la campaña sobre desinformación, repitieron la prueba. El grupo expuesto a la campaña redujo notablemente su inclinación a compartir mensajes falsos o a considerarlos veraces, a diferencia del grupo control.

Los resultados abren nuevas líneas para diseñar estrategias de alfabetización digital y comunicación pública. Según Rodríguez Árbol, estos hallazgos pueden aplicarse a políticas de salud y programas educativos para fortalecer las defensas cognitivas frente a la desinformación. En una próxima fase, el equipo de la Universidad de Jaén analizará los factores emocionales que intervienen en la recepción y procesamiento de contenidos maliciosos.

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