La XXVII edición del Congreso de Periodismo de Huesca ha dejado una conclusión central: la profesión encara una etapa de transformación profunda en la que la credibilidad, la independencia editorial, la proximidad con la audiencia y la protección de quienes informan aparecen como condiciones necesarias para sostener el valor público del periodismo.
Durante dos jornadas, más de 350 profesionales y estudiantes debatieron sobre el deterioro del debate público, el impacto de las redes sociales, la expansión de la desinformación, la irrupción de la inteligencia artificial, la fragilidad del modelo de negocio y el desgaste laboral en las redacciones. El encuentro ha situado también en primer plano la necesidad de reforzar el periodismo local, de adaptar los formatos a los hábitos de consumo de los públicos más jóvenes y de preservar el criterio profesional frente a la lógica del algoritmo.
Las intervenciones han coincidido en que la presión informativa ya no procede solo de la competencia entre medios, sino también de plataformas que fijan la agenda, aceleran los ritmos de publicación y favorecen la circulación de bulos, mensajes de odio y contenidos engañosos.
Cristina Olea, corresponsal de TVE en Washington, ha expuesto cómo la cobertura de Donald Trump arrastra a los medios hacia una dinámica en la que sus declaraciones ocupan tanto espacio que reducen el tiempo disponible para explicar sus decisiones y sus efectos reales sobre la ciudadanía.
En la conversación de clausura, Jan Martínez Ahrens e Ignacio Escolar han vinculado esa tensión a la polarización política, al deterioro del ecosistema digital y a la ruptura del antiguo modelo publicitario, aunque ambos han defendido que la financiación apoyada en los lectores refuerza la autonomía de los medios.
En paralelo, el taller sobre regulación de plataformas ha insistido en que internet se ha vuelto más inseguro y en que la Ley de Servicios Digitales de la Unión Europea establece obligaciones que las grandes tecnológicas no están cumpliendo de forma efectiva ante la desinformación, las estafas o los contenidos ilícitos.
El Congreso ha reservado un espacio relevante a los formatos, a la innovación y a la relación con las audiencias. La mesa sobre medios dirigidos a jóvenes ha defendido que no basta con trasladar contenidos tradicionales a TikTok, Instagram o YouTube, sino que hace falta hablar con códigos propios de esos entornos, construir comunidad y combinar información y entretenimiento sin renunciar a la verificación.
En la sesión dedicada a las nuevas redacciones, los participantes han subrayado que el diseño visual, las narrativas digitales y la inteligencia artificial solo aportan valor cuando están al servicio de una intención periodística clara, de una mejor comprensión de la información y de una supervisión humana constante.
El debate sobre documentales y plataformas ha añadido otra idea de fondo: una historia periodística necesita relevancia, personajes, diversidad de fuentes, material documental y capacidad de desarrollo para encontrar salida en el lenguaje audiovisual. Junto a ello, el humor gráfico ha reivindicado su espacio como forma de lectura crítica de la actualidad y como género que sigue dependiendo del ingenio humano más que de la automatización.
Otro de los ejes del Congreso ha sido la defensa de un periodismo pegado a la vida de las personas. Las mesas sobre información local, salud y conflictos internacionales han insistido en la empatía, el respeto y la responsabilidad sobre el relato.
Las profesionales del ámbito local han descrito un ejercicio periodístico sometido a mayor exigencia precisamente por su cercanía a las fuentes, a los poderes públicos, a los anunciantes y a los vecinos, y han sostenido que la proximidad y el conocimiento del territorio pueden convertirse en una fortaleza frente a la uniformidad del algoritmo.
En la mesa sobre bulos en salud, los ponentes han advertido de que la desinformación sobre cáncer y tratamientos médicos puede poner en riesgo la vida de las personas y han reclamado una información comprensible, contrastada y útil como parte del propio tratamiento.
El bloque dedicado a Gaza ha trasladado el foco a la vulnerabilidad extrema de los periodistas sobre el terreno, a las dificultades para informar desde zonas inaccesibles y a la dependencia de los testimonios de reporteros locales para contar lo que sucede. Esa preocupación por las condiciones de ejercicio del oficio se ha extendido a la mesa sobre salud mental, que ha reclamado prevención, derecho a la desconexión digital, mejores mandos intermedios y estructuras de apoyo psicológico en unas redacciones donde la precariedad, el acoso en redes y la exposición continuada a coberturas traumáticas agravan el desgaste.
El balance que deja Huesca es el de una profesión que asume la necesidad de innovar, pero que al mismo tiempo vuelve a colocar en el centro las bases de siempre: hechos contrastados, contexto, servicio público, cuidado de la audiencia y cuidado de los periodistas.



