La activación en España del sistema europeo de respuesta rápida contra la desinformación en periodo electoral se perfila como una de las principales medidas previstas para las próximas elecciones generales, con un seguimiento diario de campañas de bulos desde un mes antes de los comicios hasta dos semanas después, según ha explicado Ramón Salaverría, catedrático de Periodismo en la Universidad de Navarra, en una entrevista en Navarra Televisión, donde ha detallado el funcionamiento de este mecanismo y su impacto en el ecosistema informativo.
Salaverría ha señalado que este sistema, ya utilizado en otros procesos electorales europeos, obliga a los países a monitorizar de forma continuada las campañas de desinformación y a elaborar informes que se trasladan tanto a las plataformas digitales como a la Comisión Europea para identificar tendencias, narrativas y focos de propagación. A su juicio, este tipo de herramientas responde a una preocupación creciente en las instituciones europeas por la influencia de los bulos en la opinión pública durante los procesos democráticos.
El catedrático ha advertido de que el principal riesgo para el periodismo actual es “perder el norte” en un contexto de cambio tecnológico acelerado, aunque ha subrayado que los principios del oficio se mantienen. En ese escenario, ha defendido que la desinformación también abre una oportunidad para que los profesionales reivindiquen su papel si refuerzan el rigor y la verificación.
En relación con el consumo informativo, ha explicado que el acceso pasivo a los contenidos, impulsado por plataformas digitales, ha incrementado el volumen de información disponible sin mejorar su calidad, al tiempo que ha diluido los filtros tradicionales del periodismo. Ha añadido que los algoritmos condicionan el “menú informativo” de los usuarios en función de su comportamiento, lo que favorece la difusión de determinados contenidos frente a otros.
Salaverría ha señalado que las plataformas digitales responden a intereses basados en la captación de atención y no en criterios de veracidad, lo que influye en la circulación de contenidos engañosos. También ha advertido de que la inteligencia artificial puede intensificar estos riesgos si no se utiliza con supervisión profesional, aunque ha reconocido su potencial para mejorar tareas periodísticas.
Sobre los actores implicados en la desinformación, ha identificado tanto a potencias internacionales con intereses geoestratégicos como a organizaciones políticas y redes dedicadas a la estafa, que utilizan contenidos falsos con distintos objetivos. Ha destacado además que los bulos suelen combinar una narrativa global con adaptaciones locales que facilitan su difusión.
El catedrático ha subrayado que la falta de formación en el consumo crítico de información contribuye a la propagación de estos contenidos, especialmente en un entorno donde la verificación profesional ha perdido peso en la circulación de mensajes. En este sentido, ha insistido en la necesidad de reforzar la educación mediática para afrontar un ecosistema informativo marcado por la automatización, la personalización y la velocidad de difusión.



















